16 de agosto de 2012

- Mira cómo relampaguea.
-¿Dónde?
- Ahí.
- No veo.
- Ahí -señalando- en tu pecho.

Chilla y canta al son de las estrellas.
- Ya no es mía. No estoy seguro de que lo fué.
- ¿A dónde fué?
- Al horizonte, persiguiendo la utopía. No estoy seguro de dónde fué.
- Creo que allá, la vi a diez pasos del charco. ¿Dónde fué?
- En un rincón de la montaña, dónde la Luna se abre paso entre la inmensidad del mar. Tampoco estoy seguro de eso. Era todo al revés.
Caen pétalos de un aguijón y se desperezan los rayos del Sol.
- ¿La extrañas o tampoco estás seguro?
- Segurísimo que la extraño. Tan seguro, como sé que las piedras son  las estrellas del océano en un cielo al revés. Su cuerpo sigue ahí, ella le sonríe al horizonte sin poder verlo en la noche oscura, le sonríe a su deseo.

Una vez se hizo de día, despertó y vislumbró aquella utopía a lo lejos. Allá fué. Caminó de espaldas sin mirar atrás. Finalmente me dejó. Se fué.

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